martes, 1 de septiembre de 2020

Cuentos brasileños realistas, para Cens 36 y Cens 34

 

Trabajo práctico de Literatura 3º año Cens

Tema: Cuentos realistas brasileños

 

Fecha de entrega límite: 16/9

La semana anterior a la entrega tendremos una clase virtual, para aclarar dudas y explicar temas inherentes al trabajo. Les enviaré la invitación a la brevedad.

 

1)      Vas a leer el siguiente cuento:

 

BASURA, de Luis Fernando Veríssimo

Un hombre y una mujer se encuentran en el palier, cada uno con su bolsa de residuos.

—Buen día.

—Buen día.

—Usted es del 610.

—Y usted es del 612.

—Sí.

—Todavía no lo conocía personalmente.

—Ajá.

—Disculpe mi indiscreción, pero he visto sus bolsas de resi­duos…

—¿Mis qué?

—Sus residuos.

—Ah.

—Noté que nunca es mucho. Su familia debe ser chica…

—La verdad, soy yo solo.

—Hmmm. Vi también que usa mucha comida en lata.

—Es que tengo que hacerme la comida. Y como no sé cocinar…

—Entiendo.

—Usted también…

—Tratáme de vos.

—Vos también, perdoná mi indiscreción, pero vi algunos restos de comida en tus bolsas. Champiñones, cosas por el estilo…

—Es que me gusta mucho cocinar. Hacer platos diferentes. Pero como vivo sola, a veces sobra…

—¿Usted… vos no tenés familia?

—Tengo, pero no aquí.

—En Espíritu Santo.

—¿Cómo sabés?

—Vi unos sobres en la basura. De Espíritu Santo.

—Sí. Mamá escribe todas las semanas.

—¿Ella es maestra?

—¡Qué increíble! ¿Cómo fue que adivinaste?

—Por la letra en el sobre. Me pareció letra de maestra.

—Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por sus residuos…

—Y… no.

—El otro día tenía un telegrama abollado.

—Sí.

—¿Malas noticias?

—Mi padre. Murió.

—Lo siento mucho.

—Ya estaba muy viejito. Allá en el Sur. Hace tiempo que no nos veíamos.

—¿Fue por eso que volviste a fumar?

—¿Cómo sabés?

—De un día para otro empezaron a aparecer en tu basura eti­quetas de cigarrillos.

—Es cierto. Pero conseguí dejar otra vez.

—Yo, gracias a Dios, nunca fumé.

—Ya sé. Pero he visto frasquitos de pastillas en tu basura.

—Tranquilizantes. Fue una etapa. Ya pasó.

—¿Te peleaste con tu novio, no es cierto?

—¿Eso también lo descubriste en la basura?

—Primero el ramo de flores con la tarjeta, arrojado afuera. Des­pués, muchos pañuelos de papel.

—Sí, lloré bastante, pero ya pasó.

—Pero hoy todavía veo unos pañuelitos…

—Es que estoy un poco resfriada.

—Ah.

—Muchas veces veo revistas de palabras cruzadas en tus bol­sas.

—Sí…, es que… me quedo mucho en casa. No salgo mucho, sabés.

—¿Novia?

—No.

—Pero hace algunos días había una foto de una mujer en tus bolsas. Y muy bonita.

—Estuve limpiando unos cajones. Cosas viejas.

—Pero no rompiste la foto. Eso significa que, en el fondo, querés que ella vuelva.

—¡Vos ya estás analizando mis residuos!

—No puedo negar que me interesaron.

—Qué gracioso. Cuando examiné tus bolsas, pensé que me gustaría conocerte. Creo que fue por la poesía.

—¡No! ¿Vos viste mis poemas?

—Los vi y me gustaron mucho.

—¡Pero son malísimos!

—Si realmente creyeras que son malos, los habrías roto. Sola­mente estaban doblados.

—Si hubiera sabido que los ibas a leer…

—No me los quedé porque, a fin de cuentas, estaría robando. A ver, no sé; ¿lo que alguien tira a la basura, sigue siendo de su propiedad?

—Creo que no, la basura es de dominio público.

—Tenés razón. A través de la basura, lo particular se hace públi­co. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra con las sobras de los otros. Es comunitario, es nuestra parte más social. ¿Será así?

—Bueno, ya estás profundizando demasiado en el tema de la basura. Creo que…

—Ayer, en tus residuos…

—¿Qué?

—¿Me equivoco o eran cáscaras de camarones?

—Acertaste. Compré unos camarones grandes y los pelé.

—Me encantan los camarones.

—Los pelé, pero todavía no los comí. Quizás podríamos…

—¿Cenar juntos?

—Claro.

—No quiero darte trabajo.

—No es ningún trabajo.

—Se te va a ensuciar la cocina.

—No es nada. En seguida se limpia todo y se tiran los restos.

—¿En tu bolsa o en la mía?

 

2)      Respondé ahora:

a.       ¿Qué elementos del cuento reflejan la experiencia de la vida urbana? (Por ejemplo, vivir en edificios con vecinos que no conocemos.)

b.      Enumerá al menos cuatro deducciones que hacen los personajes a partir de lo que vieron en la basura del otro.

c.       En este cuento se ven marcas propias de la oralidad, como las oraciones inconclusas, las pausas, etc. Estas marcas son características del realismo. Transcribí al menos dos ejemplos.

d.      Imaginá la cena entre los dos personajes y escribí, a la manera del cuento, la charla que mantuvieron. No introduzcas un narrador, solamente la voz de los protagonistas. Hacelo en al menos 10 líneas.

 

3)      Ahora vas leer otro cuento de otro escritor brasileño, pero del siglo XIX:

 

La cartomante

      Hamlet hace notar a Horacio que existen más cosas en el cielo y en la tierra de lo que piensa nuestra filosofía. Era la misma explicación que daba la linda Rita al joven Camilo, un día viernes del mes de noviembre de 1869, cuando este se reía de ella porque había ido, la víspera, a consultar a una cartomante. La diferencia está en que Rita lo hacía con otras palabras.

—¡Ríe, ríe! Ustedes, los hombres, son así; no creen en nada. Pues has de saber que fui, y que ella adivinó el motivo de la consulta, antes de que yo le dijera de qué se trataba. Apenas empezó a echar las cartas, me dijo: «Usted quiere a una persona…». Le confesé que sí, y entonces ella siguió tirando las cartas, las combinó, y al fin me declaró que yo tenía miedo de que tú me olvidases; pero que eso no tenía fundamento…

 —¡Se equivocó! —interrumpió Camilo, riendo.

—¡No digas eso, Camilo! ¡Si supieses cómo he andado por causa tuya! Tú sabes; ya te lo dije. ¡No te rías de mí, no te rías!…

Camilo le tomó las manos y la miró fija y gravemente. Le juró que la quería mucho, que sus temores parecían de criatura. En todo caso, cuando tuviera algún recelo, la mejor cartomante era él mismo. Después la reconvino, le dijo que era una imprudencia andar por esas casas. Vilela podía llegar a saber, y después…

 —¿Cómo ha de llegar a saberlo? He puesto mucha cautela al entrar en la casa.

—¿Dónde está la casa?

—Aquí cerca, en la calle Guardia Vieja. No pasaba nadie en ese momento. Tranquilízate: no soy una tonta.

Camilo volvió a reír.

—¿Crees, de veras, en esas cosas? —le preguntó.

Fue entonces que ella, sin saber que traducía a Hamlet en lenguaje vulgar, le dijo que había mucha cosa misteriosa y verdadera en este mundo. Si él no creía, paciencia; pero la verdad es que la cartomante le había adivinado todo. ¿Qué más? La prueba es que ella ahora estaba tranquila y satisfecha.

Camilo se disponía a hablar, pero se contuvo. No quería arrancarle las ilusiones. Él también, de niño y mucho después, fue supersticioso; tuvo todo un arsenal de credulidades, que la madre le inculcó y que a los veinte años desaparecieron. El día en que dejó caer toda esa vegetación parásita, y quedó solo el tronco de la religión, él, como había recibido de la madre ambas enseñanzas, las envolvió en la misma duda y luego en una sola negación total. Camilo no creía en nada. ¿Por qué? No podía decirlo, no poseía un solo argumento; se limitaba a negar todo. Y digo mal, porque negar es también afirmar, y él no formulaba su incredulidad. Frente al misterio, se contentaba con encogerse de hombros, y seguir adelante.

 Se separaron contentos, él incluso más contento aunque ella. Rita estaba segura de ser amada. Camilo no solo lo estaba, sino que la veía inquietarse y arriesgarse por él, corriendo tras las cartomantes y, por mucho que la reprendiese, no dejaba de sentirse lisonjeado.

La casa donde se encontraban estaba en la antigua calle de los Borbonos, en donde vivía una coprovinciana de Rita. Esta bajó por la calle de las Mangueiras, en dirección a Botafogo, donde residía. Camilo bajó por la de la Guardia Vieja, mirando de paso la casa de la cartomante.

Vilela, Camilo y Rita, tres nombres, una aventura y ninguna explicación de sus orígenes. Vamos a ella.

Los dos primeros eran amigos de la infancia. Vilela siguió la carrera de magistrado. Camilo entró en la administración nacional, contra la voluntad del padre, que quería verlo médico; pero murió el padre y Camilo prefirió no ser nada, hasta que la madre le consiguió un empleo público. A principios de 1869, volvió Vilela de la provincia en donde se había casado con una joven hermosa y tonta; abandonó la magistratura y abrió un estudio de abogado. Camilo le consiguió casa hacia cerca de Botafogo, y fue a recibirlo.

—¿Es usted? —exclamó Rita, extendiéndole la mano—. No se imagina cómo mi marido lo estima. Me habla siempre de usted.

Camilo y Vilela se miraron con ternura. Eran amigos de veras. Después, Camilo se dijo para sí que la mujer de Vilela no desmentía las cartas del marido. Era, en verdad, graciosa y viva en sus gestos, ojos cálidos, boca fina e interrogativa. Era un poco mayor que ambos: tenía treinta años. Vilela veintinueve y Camilo veintiséis. Mientras tanto, el porte grave de Vilela lo hacía aparentar más viejo que la mujer. Camilo era un ingenuo en la vida moral y práctica. Le faltaba tanto la acción del tiempo como los lentes de cristal que la naturaleza pone en la cuna de algunos para adelantar los años.

Ni experiencia ni intuición.

Se unieron los tres. La convivencia trajo la intimidad. Poco después murió la madre de Camilo, y en ese desastre, que lo fue, los dos se mostraron grandes amigos suyos. Vilela se encargó del entierro, del oficio de difuntos y del inventario; Rita se ocupó especialmente del corazón, y nadie lo haría mejor. Cómo de allí llegaron al amor, él nunca lo supo. La verdad es que le gustaba pasarse las horas junto a ella; era su enfermera moral, casi su hermana; pero, principalmente, era mujer y bonita. Odor di femina: eso era lo que él aspiraba en ella, y alrededor de ella, para incorporarlo a sí mismo. Camilo le enseñó a jugar a las damas y el ajedrez, y jugaban por la noche; ella mal y él, para serle agradable, poco menos que mal. Hasta allí las cosas. Ahora la acción de la persona, los ojos insistentes de Rita, que buscaban los de él, que los consultaban antes de hacerlo al marido, las manos frías, las actitudes insólitas… Un día, siendo el cumpleaños de Camilo, recibió de Vilela un rico bastón de regalo, y de Rita apenas una tarjeta con un mensaje vulgar escrito con lápiz y fue entonces que pudo leer en su propio corazón; no conseguía arrancar los ojos de la tarjeta. Palabras vulgares; pero hay vulgaridades sublimes, o, por lo menos, deliciosas. La vieja calesa de plaza, en que por primera vez paseaste con la mujer amada, encerraditos ambos, vale por el carro de Apolo. Así es el hombre. Así son las cosas que lo rodean.

Camilo quiso, sinceramente, huir, pero no pudo. Rita, como una serpiente, se le fue acercando, envolviéndolo por completo; le hizo estallar los huesos en un abrazo, y le vertió el veneno en la boca. Él quedó aturdido y subyugado. Vejación, sustos, remordimientos, deseos, todo sintió, mezclados; pero la batalla fue breve y la victoria delirante. ¡Adiós, escrúpulos! No tardó en que el zapato se acomodase al pie y ahí se fueron ambos, calle afuera, del brazo, pisando holgadamente sobre las hierbas y pedregullos, sin padecer nada más que algunas nostalgias, cuando estaban ausentes el uno del otro. La confianza y la estimación de Vilela continuaban siendo las mismas.

Un día, sin embargo, Camilo recibió una carta anónima, que lo llamaba inmoral y pérfido, y decía que la aventura era sabida por todos. Camilo sintió miedo y, a fin de desviar las sospechas, comenzó a espaciar sus visitas a la casa de Vilela. Éste le hizo notar las ausencias. Camilo respondió que el motivo era una pasión frívola, de joven. La candidez generó la astucia. Las ausencias se prolongaron, y las visitas cesaron por completo. Es posible que entrase también en eso un poco de amor propio, una intención de disminuir las atenciones del marido, para tornar menos dura la alevosía del acto.

Fue por ese tiempo que Rita, desconfiada y medrosa, corrió a casa de la cartomante para consultarle sobre la verdadera causa del proceder de Camilo. Hemos visto que la cartomante le restituyó la confianza y que el joven la reprendió por haber hecho lo que hizo.

Transcurrieron algunas semanas. Camilo volvió a recibir dos o tres cartas anónimas, tan apasionadas que no podían ser advertencia de la virtud, sino despecho de algún pretendiente. Tal fue la opinión de Rita que, con otras palabras mal compuestas, formuló este pensamiento: la virtud es perezosa y avara, no gasta tiempo ni papel; solo el interés es activo y pródigo.
No por eso Camilo quedó más tranquilo; temía que el anónimo fuese a manos de Vilela y la catástrofe vendría entonces, sin remedio. Rita concordó en que era posible.

 —Bien —dijo—, yo me llevo los sobres para cotejar la letra con las cartas que pudieran aparecer por allá. Si alguna fuese igual, la guardo y la rompo…

No apareció ninguna. Pero, poco después, Vilela empezó a mostrarse sombrío, hablando poco, como si desconfiase… Rita se apresuró a decírselo al otro; y sobre ello deliberaron. La opinión de ella era que Camilo volviese a la casa de ellos, sondease al marido y podría ser que le escuchase la confidencia de algún asunto particular. Camilo discrepaba. Aparecer después de tantos meses era confirmar la sospecha o la denuncia. Más valía tomar cautela, sacrificándose durante algunas semanas. Combinaron los medios de contactarse en caso de necesidad, y se separaron con lágrimas.

Al día siguiente, estando en la oficina, Camilo recibió esta misiva de Vilela: «Ven, enseguida, a casa. Necesito hablarte sin demora». Era más de mediodía. Camilo salió inmediatamente. Ya en la calle, advirtió que hubiera sido más natural llamarlo a la oficina. ¿Por qué en casa? Todo indicaba un asunto especial, y la letra, fuese realidad o ilusión, le pareció trémula. Combinó todas estas cosas con la noticia de la víspera.

«Ven, enseguida, a casa. Necesito hablarte sin demora», repetía con los ojos fijos en el papel.

Imaginariamente vio la punta del ovillo de un drama, Rita subyugada y lacrimosa, Vilela indignado, aferrando la pluma y escribiendo la misiva, seguro de que él acudiría, y esperándolo para matarlo. Camilo se estremeció, tenía miedo; después sonrió, pálido. En todo caso le repugnaba la idea de retroceder, y siguió su rumbo. En el camino se acordó de ir a su casa: podía encontrar algún recado de Rita que le explicase todo. No encontró nada, ni a nadie. Volvió a la calle y la idea de que habían sido descubiertos le parecía cada vez más verosímil.

Era natural una denuncia anónima, hasta de la misma persona que lo había amenazado a él antes. Bien podía ser que Vilela ahora supiese todo. La misma suspensión de sus visitas, sin motivo aparente, apenas con un pretexto fútil, vendría a confirmar lo demás.

Camilo andaba inquieto y nervioso. No releía la misiva, pero las palabras estaban grabadas delante de sus ojos; o, si no, lo que era peor aún, le eran susurradas al oído con la misma voz de Vilela: «Ven, enseguida, a casa. Necesito hablarte sin demora». Dichas así, por la voz del otro, tenían un tono de misterio y de amenaza. «Ven, enseguida», ¿para qué? Era cerca de la una de la tarde. Su conmoción crecía minuto a minuto. Tanto imaginó lo que iba a pasar, que llegó a creerlo y a verlo. Positivamente, tenía miedo. Pensó en ir armado, considerando que, si nada ocurriese, nada perdía, y la precaución era útil. Poco después, rechazaba la idea, avergonzado de sí mismo, y seguía, apretando el paso en dirección a la plazuela de Carioca, para subir a un carruaje. Llegó, subió y pidió ir a prisa.

—Cuanto antes, mejor —pensó—. No puedo seguir así…

Pero el mismo trote del caballo vino a agravarle la conmoción. El tiempo volaba, y no tardaría en enfrentar el peligro. Casi al final de la calle Guardia Vieja, el vehículo tuvo que parar. La calle estaba obstruida por un carro que había volcado. Camilo ponderó el obstáculo y esperó. Al cabo de cinco minutos, advirtió que al lado, a la izquierda, junto al carruaje, quedaba la casa de la cartomante a quien Rita había consultado una vez, y nunca deseó tanto creer en la lección de las cartas. Miró y vio las ventanas cerradas, cuando todas las demás estaban abiertas y llenas de curiosos del incidente callejero. Podría decirse que era la morada del indiferente Destino.

 Camilo se reclinó en el coche, para no ver nada. Su agitación era grande, extraordinaria y del fondo de las capas morales emergían algunos fantasmas de otro tiempo: las viejas creencias, las supersticiones antiguas. El cochero le propuso volver a la primera calle transversal, e ir por otro camino. El joven respondió que no, que esperase. Y se inclinaba para mirar la casa… Después hizo un gesto incrédulo: era la idea de oír a la cartomante, que pasaba a lo lejos, muy lejos, con amplias alas grises; desapareció, reapareció y volvió a desvanecérsele en el cerebro. Pero enseguida, otra vez las alas, más cerca, haciendo unos giros concéntricos…

En la calle, gritaban los hombres, empujando el carro:

—¡Anda! ¡Ahora! ¡Empuja! ¡Ah!…

Poco después el obstáculo estaría removido. Camilo cerraba los ojos, pensaba en otras cosas; pero la voz del marido le susurraba al oído las palabras de la misiva: «Ven, enseguida…». Y él veía las contorsiones del drama y temblaba.

La casa estaba enfrente. Sus piernas querían descender y entrar… Camilo se vio delante de un largo velo opaco… Pensó rápidamente en lo inexplicable de tantas cosas. La voz de la madre le repetía una porción de casos extraordinarios; y la misma frase del príncipe de Dinamarca le revoloteaba por dentro: «Hay más cosas en el cielo y en la tierra de lo que piensa tu filosofía…». ¿Qué perdía él, si…?

Y se encontró en la vereda, junto a la puerta. Dijo al cochero que esperase y rápidamente enfiló por el corredor, y subió la escalera. La luz era escasa, los escalones gastados, el pasamanos pegajoso; pero él no vio ni sintió nada. Subió y llamó. Al no aparecer nadie, tuvo la idea de bajar; pero era tarde: la curiosidad le fustigaba la sangre, sus sienes palpitaban. Volvió a llamar una, dos, tres veces. Acudió una mujer: era la cartomante. Camilo dijo que iba a consultarla, y ella lo hizo pasar. Entraron. De allí subieron al desván, por una escalera peor incluso que la primera y más oscura. Arriba había una salita, apenas iluminada por una ventana que daba hacia el tejado de los fondos. Trastos viejos, paredes sombrías, un aire de pobreza que más bien aumentaba que destruía su prestigio.

La cartomante lo hizo sentar delante de la mesa, sentándose ella en el lado opuesto, con las espaldas hacia la ventana, de manera que la poca luz de afuera diese de lleno en el rostro de Camilo. Abrió un cajón y sacó un mazo de cartas largas y manoseadas. Mientras las barajaba, rápidamente, miraba al consultado, no de frente, sino por debajo de los ojos. Era una mujer de unos cuarenta años, italiana, morena y flaca, con grandes ojos astutos y agudos. Dio vuelta tres cartas sobre la mesa y dijo:

—Veamos primero qué es lo que le trae aquí. Tiene usted una gran preocupación…

Camilo, maravillado, hizo un gesto afirmativo.

—Y desea saber —continuó ella— si le acontecerá algo, o no…

 —A mí y a ella —explicó vivamente él.

La cartomante no sonrió; le dijo que esperase. Rápidamente volvió a tomar el mazo de cartas y las barajó, con sus largos dedos finos, de uñas descuidadas. Las mezcló bien; cortó el mazo una, dos, tres veces, después empezó a mostrarlas. Camilo tenía los ojos puestos en ella, curioso, ansioso.

—Las cartas me dicen…

Camilo se inclinó para beber una a una las palabras. Ella le declaró, entonces, que nada temiese. Nada acontecería ni a uno ni a otro; él, el tercero, ignoraba todo. Sin embargo, era indispensable andar con mucha cautela; hervían las envidias y los despechos. Le habló del amor que los unía, de la belleza de Rita… Camilo estaba deslumbrado.

La cartomante acabó, recogió las cartas y las encerró en la gaveta.

—Ha restituido usted la paz a mi espíritu —dijo él, extendiendo la mano por encima de la mesa y apretando la de la cartomante.

Ésta se levantó riendo.

—Vaya usted —dijo—, vaya, ragazzo innamorato

Y de pie, con el índice, le tocó la frente.

Camilo se estremeció, como si fuese la mano de la misma Sibila, y se levantó también. La cartomante fue a la cómoda, sobre la cual había un plato con pasas de uva, sacó un puñado de ellas, comenzó a comerlas, enseñando dos hileras de dientes que desmentían las uñas. En esa misma acción común, la mujer tenía un aire particular. Camilo, ansioso por salir, no sabía cómo pagar; ignoraba el precio.

─Las pasas cuestan dinero —dijo al fin, sacando la billetera—. ¿Cuántas desea mandar a comprar?

—Pregunte a su corazón —respondió ella.

Camilo sacó un billete de diez mil reales, y se lo dio. Los ojos de la cartomante relampaguearon. El precio usual era dos mil.

—Bien se ve que usted la quiere de veras… Y hace bien; ella también lo quiere mucho. Vaya tranquilo. Cuidado la escalera: es oscura… Póngase el sombrero…

La cartomante había guardado el dinero en el bolsillo, y bajaba con él, hablando, con un leve acento. Camilo se despidió de ella y bajó la escalera que conducía a la calle, mientras la cartomante, alegre con la paga, volvía a subir, canturreando una barcarola. Camilo encontró al carruaje que lo esperaba; la calle estaba libre. Subió y avanzaron con velocidad.
Todo le parecía ahora mejor; las cosas tenían otro aspecto, el cielo estaba limpio y las caras joviales. Llegó a reír de sus temores, que halló pueriles; recordó los términos de la carta de Vilela y reconoció que eran íntimos y familiares. ¿Dónde fue que descubrió la amenaza? Advirtió también que eran urgentes, y que había hecho mal en demorarse tanto; podía muy bien tratarse de algún asunto grave, gravísimo.

—¡Eh! ¡Vamos, de prisa! — le repetía al cochero.

Y para explicar la demora al amigo, ingenió algo; parece que formó también el plan de aprovechar el incidente para volver a la antigua asiduidad… Y en derredor del plan, le revoloteaban en el alma las palabras de la cartomante.

En verdad, ella le había adivinado el objeto de la consulta, su estado, la existencia de un tercero, ¿por qué, pues, no había de adivinar el resto? El presente que se ignora vale el futuro. Era así, lentas y continuas, que las viejas creencias del joven iban volviendo a su espíritu y el misterio lo aferraba de nuevo con sus uñas de hierro. A veces quería reír, y se reía de sí mismo, un tanto avergonzado; pero la mujer, las cartas, las palabras secas y afirmativas, la exhortación: «Vaya, vaya usted, ragazzo innamorato», y al fin, a lo lejos, la barcarola de la despedida, lenta y graciosa, tales eran los elementos recientes que formaban, con los antiguos, una fe nueva y vivaz.

La verdad es que su corazón iba alegre e impaciente, pensando en las horas felices de otrora y en las que vendrían. Al pasar por Gloria, Camilo miró hacia el mar, extendió la mirada hacia afuera, hasta donde el agua y el cielo se dan un abrazo íntimo, y así tuvo la sensación del futuro, largo, interminable.

Poco después llegó a la casa de Vilela. Se bajó, empujó la verja de hierro del jardín y entró. La casa estaba silenciosa. Subió los seis escalones de piedra y apenas tuvo tiempo de llamar, la puerta se abrió y se le apareció Vilela.

—Disculpa, no he podido venir más temprano. ¿Qué pasa?

Vilela no le respondió; tenía las facciones descompuestas; le hizo una seña y fueron hacia una salita interior.

Al entrar, Camilo no pudo sofocar un grito de terror: al fondo, sobre la alfombra, estaba Rita muerta, ensangrentada. Vilela lo asió de la solapa y, con dos tiros de revólver, lo dejó muerto, en el suelo.

 

4) Ahora te pido que respondas las siguientes preguntas:

a)      En el comienzo del cuento se menciona a Hamlet, el personaje más célebre de la literatura occidental. ¿Qué autor creó a Hamlet y en qué obra aparece? Investigá y contá en pocas líneas (no más de 5) de qué se trata la obra.

b)      ¿Cuándo se conocieron Rita y Camilo? ¿Y Vilela y Camilo?

c)      ¿Qué situación acercó a quienes se convertirían en amantes?

d)     ¿Para qué fue a consultar Rita a la cartomante?

e)      Camilo no creía en el oficio de la mujer que veía el futuro en las cartas. Sin embargo, fue a consultarla antes de visitar a su amigo, marido de Rita, que lo había llamado con urgencia. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué respuestas le dio ella? ¿Creyó Camilo en sus palabras?

f)       Considerando el final, podemos inferir que el autor, siguiendo los preceptos de la literatura realista, quiso hacer una crítica social. ¿La crítica es a hacia la infidelidad o hacia la credulidad de la gente ante las artes adivinatorias?

Explicá, en al menos 5 líneas, con tus propias palabras cuál es la crítica del autor a las costumbres de la época o las creencias de las personas.

 

 

 

 

 

 

lunes, 17 de agosto de 2020

Características del realismo (resumen Cens 34 y Cens 36)

Aquí les dejo un resumen de las características.

Voy a programar una Clase Meet para los que puedan sumarse y explicárselas personalmente.

Nos vemos pronto. 



Características del realismo

* Surgió a fines del siglo XIX y principios del XX en Hispanoamérica.

* Hay una observación del mundo humano y material: el escritor se preocupa por su contexto y lo aprovecha como material literario.

* Uso de la descripción.

* Finalidades extraliterarias: las obras tienen un fin que va más allá del arte, es un instrumento social, político, y religioso.

*Ampliación del repertorio de personajes: Se incorporan figuras comunes, vulgares, feas, malvadas o viciosas, que no son héroes ni modelos, como antes. Muchos son vencidos o enfermos.

*Contemporaneidad: los temas con contemporáneos al momento de la escritura, no antiguos o históricos.

* Tesis: la obra encierra una idea de mejoramiento de la sociedad.

* Ampliación del público: las obras no están concebidas para minorías o elites, sino para el público en general.

* Las obras son en prosa, principalmente novela y teatro.

*Inclusión de las variedades lingüísticas.

*Inclusión de marcas de oralidad

*Inclusión de lugares y personajes reconocibles.

domingo, 16 de agosto de 2020

Lila y las luces, de Silvia Iparraguirre (para Cens 34 y Cens 36)

Lectura y análisis de un cuento realista (Para Cens 34 y Cens 36)
Fecha de entrega: 2 de septiembre


1) En primer lugar, leerán el siguiente cuento:
Lila y las luces, de Sylvia Iparraguirre           
A Ana María Borzone

Falta poco para el amanecer. En las estribaciones de los Andes patagónicos el viento corre ladera abajo y estremece los techos de las cinco o seis casitas del valle. Lila se acerca a la espalda de su hermano Ramón en busca de calor. Se vuelve a dormir con un sueño liviano, de pájaro. Un rato después, la luz fría de la mañana los despierta. La madre ya ha salido y el bebé está moviendo los bracitos en silencio. Somnolienta, lo levanta y lo cambia. En la cocina, el fogón ha guardado algo de rescoldo. Rápida y eficaz, Lila hace brotar el fuego. Con el bebé en brazos, se asoma a la puerta. Lejos, en la ladera del cerro, las manchas blancas le señalan dónde está su mamá con las cabras. Pone los jarros sobre la mesa y sirve el mate cocido. Sus tres hermanos se sientan y empiezan a hacer ruido y a reírse. Se pegan en las manos cada vez que uno estira el brazo para alcanzar el pan. El de tres años, todavía un poco dormido, tiene el pelo parado y la ropa torcida. ¿Vendrá el maestro hoy?, piensa Lila.
–¿Hoy viene el maestro? –pregunta al hermano mayor.
–Y claro, por qué no ha de venir.
Con ocho años, su hermano Ramón es siempre el que más sabe.
–Digo.
El viento mueve la puerta, la leche se derrama en el fuego, el bebé llora. Lila le cierra los dedos sobre un trozo de pan; mientras, ella enfría la leche en el jarro. Sus hermanos salen al patio.
–Por qué no te dormís vos, ¿eh? –le habla al bebé con el tono enérgico que usa su madre–. Si no te dormís viene el enano y te lleva.
Con cuidado lo vuelve a acostar en la cama grande y sale. En el patio se pelean los más chicos y Lila los separa. Uno de ellos se ha caído y tiene un moretón en la frente y la cara llena de lágrimas y mocos.
–Ya van a ver cuando venga la mamá –los amenaza.
Lila corre junto a Ramón, que juega a subirse a las piedras a un costado de la casa, donde la ramada del corral de las cabras se recuesta contra la roca viva. El sol ya está alto pero el viento es frío. Las manchitas blancas se han desplazado un poco hacia la parte baja del cerro; Lila igual alcanza a ver la pollera azul y hasta el pañuelo en la cabeza.
Unas nubes cruzan veloces el cielo. Oscurecen la montaña y cuando ya pasan todo vuelve a ser claro y brilla. Esto le gusta a Lila. Baja saltando de las piedras y entra en la casa para ver que no se apague el fuego. Recién entonces saca el cuaderno y el libro de la bolsa de nailon y los lleva a la mesa. Toma el lápiz para hacer la tarea. Lila se pregunta por centésima vez cuántas patitas debe dibujarle a la E. El maestro dijo que es como un rastrillo, pero el rastrillo tiene muchos dientes y la E no tiene tantos.
Ha borrado muchas veces y tiene miedo de que el papel del cuaderno se rompa. El maestro dijo que había que aprender palabras del libro de lectura y copiarlas en el cuaderno. Las manos morenas y delgaditas lo abren con cuidado. Lila no se cansa de mirar los dibujos llenos de detalles y de colores brillantes. Lo mandaron de regalo para su escuela. Esta semana le tocó a Lila llevarlo a su casa. En ese libro hay que aprender a leer, dijo el maestro, porque es el único libro que hay. Lila ya ha mirado muchas veces al chico de la lectura que sale de su casa y va a la escuela, pero por más que mira no puede acordarse de lo que dicen las palabras.
–Escuela... –deletrea en voz baja.
Ahora tiene que copiarla, pero en la lectura está con la e y Lila debe escribirla con la E. En ese momento el bebé llora, guarda todo en la bolsa y va a atender a su hermano más chico.
Al mediodía, su mamá ha vuelto y las cabras están en el corral. Lila y Ramón caminan entre los cerros. Desde lejos saben que el maestro vino: la bandera se ve arriba, ondeando. En el patio, se juntan con sus compañeros hasta que toca la campana, pero Lila no juega, está inquieta. No pudo hacer la tarea y tiene miedo de que el maestro se enoje. Es el segundo año que viene a la escuela y su  mamá dice que si otra vez repite, la saca. A muchos chicos no les da la cabeza, y hay que ver si a Lila la escuela no le hace perder el tiempo. Abre el libro sobre el pupitre pero las palabras siguen mudas. Por su cabeza cruza el anchimallén. Cuando oscurece, antes de que su mamá encienda la lámpara, a Lila le da miedo. El enano malo se ríe en el aire y se aparece como una luz que anda por los techos o entre las patas de los caballos. Su tío dijo que una mujer se quedó ciega porque lo miró de frente. Lila piensa en su mamá, que está en los cerros con los más chicos. En el dibujo del libro, el alumno de guardapolvo blanco va a la escuela en una ciudad muy grande, llena de casas. “Es la capital de nuestro país”, ha dicho el maestro. El chico se queda parado y mira unas luces. Ella también las mira. El maestro ya ha explicado qué es esa cosa con luces, pero Lila ha olvidado para qué sirven y la palabra escrita no le dice nada.
–¿Para qué era esto? –pregunta bajito a su compañera. La chica mira un momento, duda, acerca la cara al libro, y después dice:
–Para que no te pise el auto. Si te pisa te mata.
Cada cinco días pasa el colectivo que va hasta Neuquén. Una vez su mamá se fue en ese colectivo, cuando Ramón estuvo enfermo, y allá había luz eléctrica, dijo. En sus siete años, Lila nunca fue a una ciudad. Piensa si las luces no servirán para que el enano no te agarre en el cerro. Se lleva los chicos a una cueva, dijo su tío, después los saca muertitos. Pero en los cerros no hay luces, salvo el relámpago y la luz mala del anchimallén cuando alguien se va a morir. Por eso Lila le dice a su mamá que a la noche tranque bien la puerta. Su papá hace mucho tiempo que no está; una vez se fue a trabajar y no volvió. Después vino hace como un año y se volvió a ir. Su papá es más alto que su mamá. Lila se acuerda bien de su cara y del pelo.
–Lila, ¿copiaste las palabras de la lectura?
Asustada, Lila mira su cuaderno y no contesta.
–¿Aprovechaste el libro? Mañana se lo lleva Mario. ¿Copiaste las palabras que marqué?
Lila siente la cara ardiendo. Los ojos se le llenan de lágrimas. Sin saber qué hacer, tira de la blusa para abajo.
–¿Quién copió las palabras? –pregunta, en general, el maestro.
Lila vuelve a sentarse. En el libro, el chico ha subido a un colectivo y habla con el conductor. El colectivo es más nuevo que el que pasa por el valle para Neuquén. El maestro habla de la ciudad y dice que la lectura se llama “El ritmo de las ciudades”. Lila mira las letras y  empieza a deletrear: El..., pero el maestro ya está explicando otra cosa: que en las ciudades se hacen embotellamientos de tránsito de tantos autos que hay.
A Lila la palabra embotellamiento no le parece difícil y cree que la puede copiar porque la e chica no es como la E. El maestro está diciendo que algún día ellos van a ir a la ciudad, entonces tienen que saber cómo es. A Lila esto le gusta y a la vez no le gusta. Se siente inquieta. Mira a su compañera y le dice:
 –¿Vos vas a ir?
–¿Adónde? –dice Yarita.
–Ahí, donde dice el maestro.
La chica hace que no con la cabeza. A Lila esto la tranquiliza. ¿Su mamá ya habrá vuelto del cerro con sus hermanos? Había dos cabras por parir y su mamá estaba nerviosa.
–Copien las palabras –repite el maestro. Lila borra otra vez. La timidez la paraliza.
De golpe, toma coraje.
–Maestro, maestro, yo no puedo hacer esta letra... –dice en voz baja.
En el otro extremo del aula, el maestro está distraído. Rodeado por el grupo de los más grandes, donde está su hermano Ramón, no presta atención para el lado de los más chicos y no la escucha. Lila vuelve a mirar el dibujo del libro: muchos coches en una calle, también hay colectivos y un camión. Parecen los chivos queriendo salir del corral. Arriba, las letras dicen ¡tuu!, ¡tuuu! Eso Lila lo lee perfectamente. El maestro ahora está a su lado y Lila se sobresalta.
–Lila, copiá las palabras... que Yarita te ayude.
Pero Yarita dice:
–No quiero... yo estoy escribiendo, maestro.
–Bueno, Lila, copiá esta palabra –dice el maestro.
Con alivio Lila empieza a dibujar la e, la m, la b... Yarita mira por encima de su hombro.
–Ahora poné el cero –dice Yarita; Lila la interrumpe.
–No es el cero, es la o.
–Es el cero –porfía Yarita.
–Ya está –dice Lila satisfecha–: embote... –deja de escribir porque suena la campana.
En el patio, el maestro recomienda a Ramón que ayude a su hermana. Es el único que lo puede hacer. Dice que con ayuda Lila va a salir adelante. Ramón no mira al maestro, hace un hoyo con el talón en la tierra y dice que a lo mejor su mamá la saca, que como es mujer va a ayudar en la casa o a lo mejor va de niñera a Neuquén. El maestro insiste y le recuerda a Lila que mañana le toca a otro compañero llevarse el libro.
 Emprenden la vuelta. En el camino, Ramón junta piedras y se las tira a los tordos. Lila va pensativa.
–¿Qué son las luces, Ramón?
–¿Qué luces?
–Ésas, las de colores, para que no te pisen los autos.
–¿Dónde? –dice su hermano, probando su puntería en una piedra grande, a unos diez metros. La piedra rebota y sale disparada para arriba.
–En el libro del maestro...
–Si te pisa un auto te destripa –dice su hermano y, sin esperar contestación, sale corriendo.
Su hermano tampoco sabe lo de las luces, si no, le hubiera dicho. Las montañas se han puesto violetas y el viento es cada vez más frío. En las cimas todavía hay sol, pero en las laderas, el atardecer ha hecho un hueco negro. Desde una loma oscurecida, un guanaco muy erguido la mira. Lila empieza a correr.
–¡Ramón, Ramón...!
Su hermano sale de atrás de una piedra y la asusta. Se ríe a carcajadas. Se para en el medio del camino:
–Te agarra el anchimallén y te lleva a la cueva... –otra vez sale corriendo y gana distancia.
A todo lo que dan las piernas, Lila sigue a su hermano sin mirar atrás. A la vuelta del camino, bajando la cuesta, aparece su casa. Un humo delgado se levanta del techo. El perro viene a su encuentro y Lila lo abraza con fuerza. Entre ladridos, corre y cruza la puerta. La felicidad de Lila es que su mamá está adentro, de espaldas, frente al fogón.
–Mamá, el Ramón me dejó sola y me asusta –dice sin aliento.
Su hermano ni la mira porque está luchando con el perro en un rincón. Lila se da cuenta de que su mamá no está nerviosa, está contenta porque han nacido cuatro chivitos nuevos, más de lo que esperaban. Pero la leche de las cabras no alcanza, dice. Hay que preparar las botellas para darles; si no, se les mueren. Eso es lo único en el mundo que Lila sabe que no puede pasar. La madre dice que cambie al bebé que está mojado y lo ponga a dormir. Ramón ya está echando la leche en las botellas y tapándolas con la tetina de cuero. Lila tiene ganas de ver los cabritos, pero primero debe hacer lo que su mamá le ha dicho.
–¡Duérmase de una vez! –ordena impaciente–. Viene el enano y lo lleva –el bebé sonríe y la mira con los ojos redondos, sin asomo de sueño–. ¡Le pongo las luces! –amenaza Lila–. ¡Le pongo las luces y lo pisa el auto!
Al fin, el bebé se duerme y Lila corre excitada afuera. Ramón acarrea el balde con las cuatro botellas. En el corral de palo ya oscurecido, su madre da órdenes cortas y precisas que Lila y Ramón obedecen al instante. De un lado al otro, el perro vigila que ningún chivo se escape. Lila es todo ojos. En las sombras, su madre sujeta con brazos y piernas una cabra; cuando la tiene segura, con una mano toma el chivito y lo pone a mamar. Lila entiende. Tienen que aprender a mamar los chivitos para que después tomen de la mamadera y no se mueran. Ramón ya sostiene la otra cabra. Lila se agacha y levanta uno de los recién nacidos. Los balidos son débiles y lastimeros.
–Tiene hambre –dice Lila.
Rápida, busca la ubre de la cabra y mete el dedo en la boca del cabrito. Escucha el ruido de succión.
–Éste ya toma –dice a su hermano.
El corral se llena de balidos, de viento y de noche. Una racha fría alborota la pollera de la madre y el pelo de Lila que, en cuclillas, deja a un recién nacido y levanta a otro. En su palma late desenfrenado el corazón del chivito que toma con avidez. Se van a salvar, piensa Lila. No se van a morir. Se deja caer, jugando, sobre el costado de una cabra que se mueve y la empuja. Son calentitas, piensa contenta.
–Éste se tomó todo, ya.
Recortados contra la luz débil de la cocina, los más chicos miran desde la puerta. La madre le dice a Ramón que vaya a la pieza, saque el colchón y traiga el elástico de la cama. Le ordena a Lila que le ayude. El corral tiene la puerta rota y los animales pueden salirse durante la noche. Obedecen, su hermano pone el colchón en el piso y apoya el elástico de canto. Lila toma el otro extremo y, entre los dos, lo llevan afuera. Van tropezando en la oscuridad. Su madre acomoda el elástico a la entrada del corral y lo sujeta con unas sogas. Le está diciendo a Ramón que mañana debe buscar unos palos buenos y arreglar la puerta.
Todo terminó. Su mamá y Ramón entran a la casa, pero Lila se queda. Con la cara entre los palos, mira la oscuridad estremecida del corral, siente el olor áspero, familiar, y escucha el roce de los cuerpos. El viento sisea entre las piedras, las cabras se acomodan y las crías, al abrigo de sus madres, no balan más.
La noche bajó sobre la Patagonia entera. El perfil de las montañas es apenas el trazo de las cumbres nevadas. No hay luna. Un arco portentoso de estrellas resplandece en el frío nocturno y cubre el cielo de un extremo al otro del valle con sereno esplendor.
–¡Lila!
Lila corre a la casa y su madre tranca la puerta.

Sentados a la mesa, los cuatro miran silenciosos la espalda de la madre frente al fogón. El olor de la tortilla llena la cocina. El más chico se ha quedado dormido con la cara sobre la mesa. A Lila se le cierran los ojos, pero el hambre la mantiene despierta. Comen en silencio. La madre quiere saber si ha venido el maestro y qué les ha dicho. El que contesta es Ramón. Lila va a preguntar de las luces, pero mastica y se le cierran los ojos. La voz de su mamá se va apagando. En el techo silba el viento y el anchimallén está lejos. Mañana va a aprender lo de las luces para que el maestro vea que ella sabe. El viento sigue su canto, monótono. Lila se queda dormida.

2) Luego responderán:
a) ¿Quién es Lila? ¿Dónde y con quiénes vive?
b) ¿Qué hacen sus padres?
c) ¿Qué actividades realiza la niña en un día?
d) ¿Por qué no aprende en la escuela?
e) Justificá las siguientes afirmaciones transcribiendo citas del texto:
* El clima es riguroso.
* La familia vive en la pobreza.
* Primero hay que cumplir con la obligación y luego divertirse o disfrutar.
* Los chicos deben asumir responsabilidades de los adultos.
* Las mujeres del lugar tienen un destino establecido.
f) Buscá en el texto palabras que se vinculen con la palabra "luces" por su significado.
g) ¿A qué objeto hace referencia esa palabra? ¿Por qué creés que se lo nombra así en el cuento?
h) Imaginá que Lila puede viajar a la ciudad y escribí un texto de al menos 200 palabras donde ella cuente en primera persona esa experiencia. Tené en cuenta que gran parte de lo que vea le será desconocido, y que por lo tanto, no puede conocer lo que conocemos nosotros como habitantes de la ciudad.
g) Teniendo en cuenta las características del realismo, que están en este blog, justificá por qué éste sería un cuento realista, vinculando al menos 3 de las características con los hechos narrados.